Abres tus ojos, despiertas y ves el sol radiante, cómo hace mucho tiempo no veías!, saltas de la cama a tu ducha diaria y una vez en ella, sientes penetrar los intensos rayos de sol que atraviesan los espejos de la sala de baño. Te vistes rápidamente, con ropa ad-hoc para recargar energía... suelto!, caminas como si el mundo fuera tuyo y al parecer las personas que pasan a tu lado, se impregnan de la energía que expeles..te miran!. Un lujo de dioses, el Mercado Central, un buen chupé de mariscos y la sobremesa familiar, una casualidad de la vida te hace el regalo.
Sin rumbo, caminas por el centro de santiago, los rayos del sol ya te han abrazado, los sientes intensos en cada músculo, en cada cabello, en cada paso que das, alimentándote de las energías que no sabes dónde perdiste... Y de pronto, en el epicentro de "lo popular" ...El Señor Mimo!, te das cuenta que casi fuiste su presa, pero safaste!
Dicen que es el mimo más conocido del país, más yo creo que es primera vez que lo veo, se llama Pedro Acuña, y tiene 30 años. Para quienes le han visto en el centro de Santiago, donde trabaja desde 1995, tal vez resulte difícil imaginar que el "Mimo Felipe" es un hombre mesurado, reflexivo y de expresión cuidadosa.
Más que imitar a los peatones, con su acto busca "ser un espejo de la idiosincrasia de los santiaguinos". Dice que no busca burlarse, sino que reflejar lo que mira. Para hacerlo observa detenidamente una ciudad en donde advierte personas "atropelladoras, faltas de educación, que caminan apresuradas y que si les es preciso atropellar y pasar a llevar al del lado, lo hacen".
La cualidad esencial del mimo callejero, es poder percibir el ánimo de los transeúntes para saber con qué persona se puede `trabajar'". Sabe "oler" a sus víctimas. Lo ha aprendido con la práctica y uno que otro desaliento. Un ejemplo: en una de sus primeras actuaciones en la Plaza de Armas, se puso frente a un caminante, imitándole "en cámara lenta", sin tener la precaución de mirar su rostro para intuir alguna mala reacción. El hombre le golpeó con un bolso en la cara, rompiéndole la ceja. Como su maquillaje era blanco, pronto se le fueron dibujando manchas de la sangre que fluía desde la herida. "Mi rostro tenía que verse horroroso, pero como yo no lo notaba, seguí actuando, hasta que el mareo me obligó a parar. Cuando vi que me caían gotas rojas sobre un zapato me percaté de que la rotura era grave. La gente quiso perseguir al hombre, pero la disuadí porque la culpa fue mía. Con los años he aprendido a intuir de inmediato si la persona viene enojada o no. Y para ello sólo tengo 1 ó 2 segundos", cuenta.
El "Mimo Felipe" trabaja durante la semana de 3 a 7 de la tarde, en jornadas en que emociona a los transeúntes. Como ese hombre que hace unos años se le acercó sonriendo pero con lágrimas, y que le confesó que en casi una década no había podido reír por el luto que guardaba tras la muerte de su esposa.

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